Yo confieso que he amado y pecado

Generando el retrato estético de una incómoda realidad…. Yo confieso que he amado y pecadoYohepecado 0004 1024x770 - Yo confieso que he amado y pecado

El Centro Cultural de la Diversidad – Foro Cultural Luis Vázquez es el espacio en el cual se presenta la puesta en escena: “Yo confieso que he amado y pecado”, la cual escribe y dirige Humberto Fabrizzio y es producida por UH Producciones. La obra, propuesta independiente y basada en historias reales, aborda el tema del amor en sus formas filos y eros. Las historias ahí concentradas revelan no sólo el instinto sexual del hombre, capaz de confundir la amistad con el amor, también la carencia y el vacío emocional que se puede experimentar y pretender saciar a través de “amores” insatisfechos, los cuales nos hacen desear a quienes nos aman y amar a quienes sólo desean placer sexual.

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La trama gira entorno a Emmanuel (Carlos Segura), un hombre que se encuentra en el cruce de tres historias cuyo común denominador es ¿el amor? . Con Reyel (Eduardo Castelán) mantiene una relación sexo-afectiva camuflada de amistad. Mientras que con Geliel (Geovanni Aburto) insiste en “mantener” una vida de pareja, de la cuál él sabe, perfectamente, es terreno estéril. Por último, lleva consigo su ausencia como padre de César Omar (Gerao Hernández), cuyo recuerdo le reprocha su falta de amor paterno. En el desarrollo de la trama, dos “entes”: Adriel (Francisco Rosas) y Gael (Estanislao Marín) discurren en reflexiones, argumentos y justificaciones sobre el actuar de los hombres. Mientras Adriel apela a la máxima de Rousseau: “El hombre es bueno por naturaleza” y es corrompido por la sociedad y sus formas egoístas de satisfacer necesidades, por ejemplo, de afectos. Gael lo contradice argumentando que “el hombre es malo por naturaleza” y acusa a Emmanuel, al igual que a sus compañeros sexo afectivos, de ser egoístas porque buscan, a través de los placeres de la carne, el beneficio propio, satisfaciendo sus instintos y deseos aún en prejuicio de los otros. En esta confrontación, las entidades sucumben a la tentación de abandonar su condición asexual, para dejarse llevar por los deseos de la carne que observan en los humanos ¿Se dejarán arrastrar por tal tentación? Finalmente, la puesta en escena culmina con un musical, que se antoja innecesario, considerando la pieza elegida musicalmente pobre, y ridículamente cursi, para una historia con un fuerte mensaje de introspección y análisis de la conducta humana.

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La dramaturgia de Humberto Fabrizzio tiene aciertos y algunas sinrazones. De los primeros diremos que el diálogo que se establece entre las entidades que intervienen en la obra resulta significativo. Amén a la excelente actuación de Estanislao Marín, quien encarna al acusador, un juez sin piedad que dice a la cara de los asistentes verdades que no sólo funcionan en el contexto de la obra, también en la vida cotidiana de los hombres homosexuales. Cada diálogo de este personaje es una manifestación del vacío y la corrupción que hay en el “ambiente gay”: hedonismo, vanidad, instintos sexuales por satisfacer y vulgarización del amor. La reflexión sobre la naturaleza del hombre es controversial en un obra en donde los personajes son homosexuales, aunque su fin sea sostener que la virtud y la decadencia no están condicionadas a la orientación sexual.

Por otra parte, existe una sobrevaloración del concepto amor. En dos actos de la obra se realiza aparatosas analogías del concepto que, lejos de abonar a la misma, la hacen redundante y cursi, cayendo en lugares comunes. La situación se empobrece si consideramos que el personaje de Raúl Marroquín carece de proyección en la voz, retórica emotiva y sensibilidad para interpretar el texto. El actor debería no confundir leer con interpretar . No sucede nada en la obra si su participación se omite.

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Aprovechando la revisión anterior, sobre la actuación, en general, se reconoce el trabajo de Estanislao Marín, quien encarna al personaje con credibilidad. El protagonista tiene, por momentos, actuaciones destacadas, sin embargo, su personaje se mantiene plano, no hay una evolución del mismo. Mención especial merece Gerao Hernández. No por una actuación destacada. Acartonado, con una pobre proyección de voz y limitación escénica, su personaje, ya desventurado dentro de la dramaturgia, es desangelado y salvo que el actor es atractivo visualmente, su papel pudo hacerlo cualquier otro y no se notaría su ausencia. Del resto del reparto se reconoce el esfuerzo por encarnar con el mayor realismo posible a sus personajes, algunos lo logran por momento, pero no es una constante. La apuesta sería que esta crítica fuese aliciente para, en el futuro, callar bocas con una mejor interpretación que, sin duda, el elenco es capaz de hacer.

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Sobre la dirección de “Yo confieso que he amado y pecado” es pertinente mencionar la distribución de la obra respecto al espacio. El uso de las luces para sugerir los cambios de escenarios y tiempos. Así, como la apuesta por añadir a la obra un acto musical y guiños a la danza contemporánea. No obstante, ambos eran innecesarios. La obra misma, por su contenido, tiene tanto potencial que no requiere ornamentos. De ahí que, también es excesivo el desnudo. Salvo la escena que sugiere sexo entre dos actores, el resto de los semidesnudos son innecesarios. Tenemos suficientes cuerpos descubiertos en otros productos para la comunidad homosexual, no hagamos del teatro otro escaparate de la desnudez. Insisto, la obra, en cuanto a temática, tiene el potencial que, bien explotado, no requiere de tal lugar común. Aunque, para el ojo voyerista del espectador ese detalle de la obra es su beneplácito.

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Por último, “Yo confieso que he amado y pecado” es una imagen estética de una realidad más grotesca en el estilo de vida gay. Cuidado, no confundir estilo de vida gay, con vidas homosexuales. La primera es un producto fabricado por los relatos de una cultura del consumo y estética hegemónica que establecen “cómo ser y vivir la homosexualidad”. Mientras que las vidas homosexuales son todas aquellas que están dentro o fuera del estilo de vida gay. Este retrato muestra la necesidad de afecto y el vacío emocional de algunos hombres homosexuales, que los lleva a envolverse en historias pasionales que confunden con amor y a vivir amores basados en deseos egoístas. El texto de Humberto Fabrizzio es una interesante apuesta por abordar el concepto de amor desde la naturaleza egoísta del hombre, sea éste homosexual o heterosexual. No obstante, es también un crítica a la homosexualidad desde adentro, desde las historias que viven los homosexuales de esta ciudad.

Funciones domingos de mayo en el Centro Cultural de la Diversidad Colima 267, 269 y 261, Cuauhtémoc, Roma Nte., 06700 Ciudad de México, CDMX

Reseña de Carlos Díaz

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

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