Diario de un homonormado

En el último minuto antes de apagarse el día de mi cumpleaños número veintitantos, he decidido escribir sobre mí y lleva por titulo “Diario de un homonormado“. Aquí mis razones…. Al mirar mi vida, en retrospectiva, encuentro que estos últimos diez años no han sido fáciles. He superado el miedo a verbalizar lo que soy: un hombre homosexual. También, concilié mi fe católica- cristiana con la homosexualidad para evitarme el tormento de pensar que me iría al infierno. Al día de hoy, me esfuerzo por respetar las formas múltiples de vidas habitables tanto para heterosexuales como homosexuales, aun cuando no concuerde con algunos.

No soy un icono de la cultura gay en México, tampoco un activista galardonado por la comunidad LGBTTTIQA (más lo que se agregue) y menos un revolucionario sexual, de eso nada. No obstante, decidí escribir sobre lo que sucede en mi experiencia personal como hombre homosexual porque el universo digital es como el papel, soporta lo que le pongan. En el ciberespacio existen múltiples narrativas respecto a cómo vivimos los hombres que amamos o deseamos a otros hombres. ¿Por qué debería omitir la mía? Después de todo, esa es una de las grandes ovaciones al internet: la democratización de la libre expresión.

La primera confesión que haré puede determinar, y condicionar, la experiencia de lectura de los ávidos devoradores de contenidos online. Es cierto, he leído sobre la deconstrucción postmodernista del sexo y el género, teoría queer y estudios sobre la homosexualidad. Con todo, hasta hace unos días, al ser honesto conmigo mismo, descubrí que a pesar de lo anterior, soy un homosexual homonormado.

Es decir, sí quiero casarme, tener hijos (por vía natural, gestación subrogada o adopción) y una vida social alejada del cliché que supone, para la mayoría heterosexual, ser gay (que no es, necesariamente, igual a homosexual), a saber: excesos, enfermedades de transmisión sexual y exhibicionismo. Creo en el romanticismo, la monogamia y en la posibilidad de conciliar la fe cristiana con la vida homosexual. Me alegra que las instituciones gubernamentales, comerciales y financieras estén abriendo sus horizontes a los hombres y mujeres homosexuales para que éstos se hagan de bienes/ servicios públicos y privados como cualquier heterosexual. Y celebro cada vez que en algún estado o país se generan leyes en favor de la legalidad de las vidas homosexuales y en contra de la exclusión de las familias diversas.

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No obstante, existe un segmento de la llamada “comunidad gay” que critica severamente a los hombres y mujeres homonormados, es decir, a aquellos sujetos no heterosexuales que asumen patrones, estilos e ideales de vida que, de una manera u otra, se ajustan a los dictámenes que la heteronormatividad establece para reconocer como “normales” a las personas en las sociedades patriarcales a partir del sistema sexo/género. A pesar de que ésta, en su génesis, rechaza y violenta la homosexualidad como condición sexual y de vida.

La homonormatividad, según López (2013), implica una normalización de la vida homosexual de acuerdo a los intereses, gustos y consideraciones de los heterosexuales (en teoría la mayoría de la población). Esta imagen modélica del “cómo debe ser un homosexual”, produce una imagen “pulcra” de éste, alejada de aquellos aspectos “molestos” como el exhibicionismo, la sexualidad liberada y la crítica desde la corporalidad a los impuestos culturales para los hombres y las mujeres (López, 2013).

El desprestigio a los homonormados por parte de los autodenominados disidentes sexuales, asume que en tanto homosexuales “normalizados” demeritamos al movimiento de liberación sexual, sus causas e ideales, que ha supuesto una gran ruptura histórica, desde 1970, al sistema patriarcal. Afirman que existe una homofobia interna en tanto que nos negamos a habitar otros estilos de vida fuera del marco binario sexo/género que normaliza las vidas humanas. Critican que queramos casarnos. ¿Cómo podemos exigir el derecho a perpetuar una organización social, como el matrimonio, cuando se ha visto, en la práctica heterosexual, que es un formato caduco?

Arde Troya cuando algún homonormado insinúa que no está de acuerdo con las formas de expresión y estilos de vida de la mayoría de los hombres gays, caracterizados (según los primeros) principalmente por el excesivo hedonismo, narcisismo y sexualización de las experiencias sensibles. Además, los desacuerdos del homonormado con las expresiones exóticas de género e identidad sexual que performan los gays “disidentes” representa otro campo de batalla. Nos tachan de intolerantes, retrógradas, cuando no de “pendejos”, por no compartir lo que ellos llaman disidencia sexual.

No obstante, en mi opinión, como homonormado declarado, me resulta un poco hipócrita el descredito a quienes hemos decidido, como vida habitable, reproducir un cierto patrón que nos es histórica y culturalmente familiar. Comento lo anterior, porque la “comunidad gay” presenta, en mi opinión, un fenómeno muy particular al que llamo la doble exclusión. La primera efectuada por las personas heterosexuales a causa de la condición homosexual, y la otra, realizada por la propia “comunidad” a partir de rasgos que rayan en lo absurdo, como: el color de piel, clase, posición sexual, manierismos, belleza, etc.

Salvo casos aislados, que afortunadamente existen, los hombres gay tienen a perpetuar discursos machistas, misóginos, homofóbicos, raciales y clasistas, sean disidentes u homonormados. No podemos negar que una mayoría de homosexuales que, por ejemplo, acusan a los heterosexuales de intolerantes, excluyentes y violentos contra la comunidad LGBTTTIQ, son dentro de la misma, iguales a los primeros.

Es decir, me parece hipócrita que se ofendan cuando un homosexual conservador u homonormado esté en desacuerdo con las manifestaciones de sus estilos de vida, cuando los gays son, en la práctica, intolerantes, misóginos, clasistas, etc. Basta acudir a los lugares de socialización gay o navegar por las aplicaciones de encuentros sexuales ocasionales gay para ver un panorama de las dinámicas de exclusión que éstos realizan: no gordos, no afeminados, no nacos, no indios, no esto, no aquello, no personas de este tipo. ¿No es eso muy heternormado? Es parecido a que lo heterosexuales digan, sobre el uso de algún espacio: no homosexuales, jotos, maricones, etc.

¿Por qué a los “homosexuales varoniles” les aterra salir con un “obvio”, “afeminado” o “loquita”? En mi opinión, porque perpetúan un discurso patriarcal y heteronormativo que desvaloriza la feminidad, por tanto también es misógino. ¿Por qué excluimos a los nacos, los indios, los “de tez humilde” y nos burlamos de los pobres? Porque el gay ha comprado el discurso del sistema capitalista patriarcal de que su existencia implica lujo, glamour, “ir regio (a)” y que “la calle es su pasarela”. Todos quieren verse “divinas”, “reinas”, “triunfar en perras” por eso, “abstenerse los feos” anuncian en sus perfiles de Hornet, Manhunt o Gridr. Y, lo curioso es que ante eso “la comunidad gay” no hace nada. No hay pronunciamientos por un colectivo/ comunidad LGBTTTIQ alejado de la discriminación por tales parámetros, al contrario, las revistas, portales y contenidos mediáticos de marcas gay y gayfriendly perpetúan la idea que, para ser un gay valorado debe uno ser “guapo”, activo, blanco, profesionista, con dinero y sano. ¿No eso es homonormativida? No he visto publicidad dirigida a los gays, en México, en el que se muestre a un homosexual indígena, como imagen de un servicio o bien. Ni aparecen en los múltiplos cortos y producciones audiovisuales que se hacen para “visibilizar” las vidas homosexuales, ¿Será que esos cuerpos homosexuales no venden? ¿Por qué no nos identificamos con esas imágenes? Porque seguimos pensando en términos de superioridad e inferioridad, y eso queridos gays progresistas y “disidentes sexuales” es muy normativo y todo lo normativo es, en mi opinión, patriarcal de base heterosexual.

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Creo firmemente que las personas sexualmente diversas debemos ser ejemplo de respeto a las identidades diversas, ¡por obvias razones! Es cierto que, en nuestra manera de pensar, influyen una serie de factores sociales y culturales. Sin embargo, ninguna justifica la intolerancia y la discriminación. Estoy consciente que la homonormatividad conlleva ciertos peligros y vicios, como puede pensarse también de la disidencia sexual. No obstante, creo que debemos ser lo suficientemente inteligente para vivir vidas habitables, según nuestros parámetros de formación y respetar las otras vidas. No es correcto, es cierto, que los homosexuales conservadores (como yo) desdeñen las múltiples expresiones de estilos de vida gay, como tampoco crucificar a los que tratamos de ubicar una vida a los parámetros que hemos aprendido.

Todo lo anterior para decir que… las historias que en este diario leerás son muy… muy homonormadas. ¿Te atreves?

Enero/ 2016

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