Ese twinky me gusta pero… ¡Es mi alumno!

Era un día nublado, fresco. Como cada semestre, preparé temarios y la información general del curso. Cerca de la hora, me enfilé al salón de clases. Cuándo entré, dí una ojeada a los un poco mas de 20 alumnos que había allí. Ya de frente en el salón y hablando de lo que haríamos este semestre, mi mirada no pudo apartarse de dos chicos: uno que se veía que era una auténtico zorrito (y que luego me enteraría que su fama era justo de tal), y un chico finito que me encantó; para mi fue amor a primera vista. El resto de esa primera clase del semestre me la pasé, como nunca, nervioso, tremulante y algo torpe y en mi mente mi consiente me decía ese twinky me gusta pero… ¡Es mi alumno!.

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Pasaron las primeras clases y me desencanté del zorrito que, como resulta que todos sabían, me enteré que era todo un metrero, súper voluble, diva, etc. Pero del otro chico, muy pronto supe que estaba auténticamente enamorado… No podía yo dar clase cuando estaba él allí, sobre todo cuando se sentaba al frente en el salón; una especie de taquicardias y tartamudeces salían sin control de mi. ¿Qué hace uno cuando se encuentra en esta posición? En estos casos, el docente es el que más arriesga: su trabajo, su prestigio; son muchas cosas las que pueden quedar en entredicho. Aún si no lo fuera así, ¿cómo se hace para aproximarse a un alumno que te mueve muy fuerte el tapete, sin que te tomen la actitud como de mala fe, sin que te tachen de “acosador” o sin que crean que quieres pedir favores a cambio de ventajas académicas?

Pasaron las clases y yo intentaba ignorarlo, no verlo, porque cada que lo veía me sonrojaba demasiado, no podía quitarle la mirada de encima; las mariposas revoloteaban en mi estómago y mi mente volaba con él a mi lado a cualquier lugar, fuera de ese salón de clases, lejos, muy lejos de los temas que tenía que impartir. Sin embargo y a pesar de todos mis esfuerzos, muchos alumnos (en particular alumnas), comenzaron a preguntarme con discreción “oiga profe, le gusta mucho este compañerito, cierto”; no importaba cuanto lo negara yo, era un secreto a voces que todos sabían. Las chicas respondían “es que es demasiado notorio profe, no puede quitarle la mirada de encima, y el brillo de sus ojos cuando lo mira, lo dice todo”

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No se si afortunada o desafortunadamente, pero él nunca se dio cuenta de todo eso que provocaba en mi… Pasaron los días y con un poco mas de confianza de mi alumnado, varios se empezaron a acercar a mi para preguntar dudas, aclarar temas, etcétera; entre ellos, el chico de mis sueños. Debo decir que cuando estaba conmigo, sus feromonas eran la cosa mas delirante que había percibido; mi ritmo cardiaco aumentaba a niveles peligrosos para la salud. Los estragos que me producía su simple presencia entorno a mi eran, por lo menos, tan intensos como los de la ya lejana pubertad y tortuosa adolescencia. El sudor frío me recorría la nuca y la espalda, mientras mi vista y mi mente se nublaban a niveles insospechados. Cada 10 minutos tenía que usar el pretexto de que necesitaba ir al baño; salía corriendo, me encerraba allí, intentaba respirar profundamente mientras mojaba mi rostro repetidamente con agua fría; tuve que terminar aduciendo problemas urinarios para justificar tantas idas al tocador.

El día mas triste de mi vida (hasta ese momento) fue una tarde-noche cuando llegó a preguntarme unas dudas un día con algunos compañeros, acompañado de un chico: su novio. Apenas terminé de explicarles, y les dije que me disculparan pero que ya me tenía que ir. Tomé mis cosas y me alejé rápidamente por el pasillo, intentando retener las lágrimas que querían salir a borbotones de mis ojos. Regresé a mi casa con los ojos empapados, me encerré, me tumbé en la cama, lloré como nunca toda la noche. Me sentí estúpido, impotente, traicionado; ¿cómo había sido tan iluso de pensar que un chiquillo como él pudiera haberse fijado en mi, andado conmigo?

Sin embargo, y a pesar de mi tristeza, mi enamoramiento por él era genuino, algo que emanaba desde lo mas interno de mi ser. Seguí enamorado sin remedio de él todo el semestre.

Si antes de ese semestre tan fuerte para mi, alguien me hubiera preguntado qué es lo más difícil de ser profesor, yo hubiera respondido con certeza que el dominio absoluto del tema, así como de las tácticas didácticas mas adecuadas dependiendo del alumnado en específico al que te diriges. Pero a partir de entonces, respondo sin titubeos: enamorarte de un alumno.

Niklas Bloemer

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Niklas Bloemer

Holiiiii aquí me expreso libremente sobre lo que pienso y siento, especialmente relacionado con la comunidad LGBTTTI. Por si lo dudabas, soy gay. ¡Disfrútalo!

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