El hechizo que vale la pena vivir

Jamás imaginé que un hechizo me hiciera ingresar a un reclusorio. El 22 de junio, por la mañana, junto a otros y otras fui conducido al Reclusorio Preventivo Varonil Norte de la Ciudad de México, debo confesar que tuve miedo, pero descubrí que sólo tenía una oportunidad para disfrutar del show de Cabaret “El hechizo”: una noche de libertad que vale la pena vivir.

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En México ese miedo no es gratuito. El sistema penitenciario del país, su infraestructura carcelaria y los elementos operativos que “mueven” las dinámicas al interior de estos espacios punitivos, no tienen una imagen positiva en la sociedad. Las decenas, o quizás cientos, de historias sobre personas inocentes en los reclusorios, el comercio de la seguridad al interior de las cárceles, así como la protección al crimen organizado que “trabaja” desde los reclusorios, forman parte del inventario de motivos, fundados o no, que provocan mirar hacía el mundo penitenciario con terror.

Las cárceles son espacios de olvido. Quienes ahí caen están destinados al rechazo público y al olvido, incluso de sus familias. Marginación, precariedad y violencia conforman la triada que cubre el espacio penitenciario en el cual viven, y sobreviven, los reclusos. La situación empeora cuando alguno se encuentra fuera de norma heterosexual. Vivirse homosexual o transexual entre las paredes de un reclusorio no es fácil, sobrevivir menos.

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Estrellas de una noche…

Las luces se encendieron en el auditorio cubierto por la oscuridad, después de casi una hora de espera, abrió sus puertas Cabaret “El Hechizo”, una puesta en escena dirigida por el cabaretero Mariano Ruíz. Gloria Trevi, Alejandra Guzmán, Rihanna, entre otras divas del pop mexicano y estadounidense fueron encarnadas por siete reclusas transexuales del Reclusorio Preventivo Varonil Norte de la Ciudad de México.

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Divididos en tres secciones, dos destinadas para los reclusos que asistieron a la show cabaretero y una para los invitados “especiales”, el lugar sombrío se convirtió en el aparador por el cual desfilaron estas mujeres TRANSformadas en estrellas fugases, para brilla en una noche de mentira, pues, fuera de esas paredes, la luz del sol brillaba con intensidad.

Una de estas secciones destaca. Ubicada a la izquierda, está compuesta de hombres jóvenes, adultos y “maduros”, quienes vitorean, aplauden y chiflan a los cuerpos femeninos que, ataviados con telas, pelucas y tacones, interpretan canciones de Lorena Herrera, Rocío Durcal o Belinda. Miré a algunos con el rostro absortó al escenario, otros dibujaban una sonrisa pícara, que rápidamente era apagada por las burlas de sus compañeros. Los más jóvenes lucían eufóricos, los mayores reían, mientras que los adultos, algunos, se mostraban serios, rígidos, quizás temían admitir que esas imágenes femeninas despertaban en ellos algo, tal vez, deseos.

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En su libro Hombres sin mujer, Carlos Montenegro sostiene una hipótesis: en entornos donde los hombres carecen de trato sexual con las mujeres, tal situación hace que éstos “caigan” en la homosexualidad, porque—como señala uno de los personajes secundarios en dicha novela— en la cárcel “el que no cae, resbala”. Mirar a esos hombres reír con cierto nerviosismo, chiflar y hasta sorprenderse de ver a esas mujeres que en la cotidianidad penitenciaría son tratadas y vistas como hombres, provoca pensarlos capaces de desear los cuerpos exhibidos en el escenario.

Sin embargo, como en la vida misma, hubo quienes se sintieron incómodos con los cuerpos rebeldes a la norma sexo-genérica de la sociedad. La sección de la derecha fue, en todo tiempo, opuesta a las otras dos. Siempre en silencio, ajenos a integrarse a un momento y espacio que buscaba, como lo señaló Mariano Ruíz, romper barreras y hacer comunidad. “Hoy todos somos iguales”, mencionó el artista.

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Me siento estrella del universo…

Tamara, una de las reclusas trans que participó en el Cabaret “El hechizo”, deslumbró a los asistentes con su actuación como Rihanna: segura, sensual y dominando el escenario, parecía una imitadora de años. Previó, había deleitado al público masculino mostrando uno de sus senos en una mala jugada del vestuario y los movimientos del baile que ejecutaba. Ella fue la reina de la noche.

Como ella, sus compañeras se habían transformado en mujeres provocadoras, fuertes, capaces de vencer el miedo que todo escenario provoca. Pero, sobre todo, fueron mujeres, como lo han sido siempre, aún cuando estén recluidas en una cárcel para hombres. En esta ocasión no hablaré de su técnica performativa para montar un show, ellas no son profesionales, ninguno de los reclusos que las acompañaron lo son. Todos forman parte del grupo teatral que se formó para este espectáculo. Aquí, lo que verdaderamente vale es la pasión, entrega y dedicación con la que se presentaron.

Podría comentar sobre el playback, la elección musical e incluso el reforzamiento de clichés en el show, sin embargo, no pretendo demeritar el poder libertario que el espectáculo les ofreció a las reinas de la noche, sus compañeros reclusos y al público asistente. Verlas ahí, siendo, con dignidad, lo que son y brillando en un sueño efímero que les pertenecerá por siempre es, también, parte de la magia del teatro.

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A Mariano Ruíz le tomó casi tres años concretar este proyecto, el cual se dio como parte de las actividades del Festival Internacional por la Diversidad Sexual (FIDS) organizado por Salvador Irys y en el marco del mes del orgullo LGBTTTIQ de la Ciudad de México. Vale la pena mencionar el apoyo de las autoridades penitenciarias y el de diputada Rebeca Peralta, militante del PRD, así como a todos aquellos que donaron desde vestuario hasta maquillaje para hacer que las reclusas trans brillaran con libertad entre las murallas del encierro. Sólo cuando ves a otros privados de su libertad, valoras el poder de la tuya.

Por Carlos Díaz

 

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

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