Juan Gabriel: de lo abyecto a la transgresión, de la transgresión a la inmortalidad

Juan Gabriel es transgresión. Lo fue desde sus inicios, por su amaneramiento incapaz de ser oculto; el cual alcanzó su cúspide en el icónico concierto de Bellas Artes que ofreció en 1990. Ahí, Juan Gabriel—señala Monsiváis— acomete lo que en él es inevitable, el desplante, el movimiento desafiante de los hombros, la agresividad rumbera. Enfundado en una chaqueta de bordados dorados, no reparó en menearse, dejar caer las manos, pegar agudos gritos y bailar como sólo él lo sabe hacer, como sólo él lo puede hacer.

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El concierto de Bellas Artes también fue una ruptura. Su presentación, como documenta Adriana del Moral en el semanario La Jornada, desató polémica entre el alto círculo de la cultura que veía tal espectáculo, en el máximo recinto de México, como la vulgarización del monumento, reducido—parafraseando al periodista cultural Víctor Roura—a un palenque, a un set de televisa, a un recinto de Ocesa. No obstante, ahí se plantó el Divo de Juárez frente a autoridades, jefes de prensa y espectadores, conmoviendo por igual a hombres, mujeres y “raritos”.

Dice Carlos Monsiváis que uno de los instantes climáticos de esa presentación, ocurre durante una canción ranchera, cuando él pregunta “¿Quién se quiere casar conmigo?”, y la respuesta es predominantemente o casi exclusivamente masculina. Y los galleros, los alcaldes, los jefes de prensa, los seres temibles a quienes se les atribuye complicidad con las autoridades locales (nueva definición de narcos), los machos bragados, se levantan y aúllan con la sinceridad de quien escenifica la prohibición: “¡Yo Juanga! ¡Juan Gabriel, eres único! ¡Fíjate en mí! ¡Aquí estoy mírame!” ¿Quién sino Juanga podría, para beneplácito de psicólogos y psicoanalistas, provocar una ruptura en el superyó de los machos mexicanos, liberando ese yo de pulsiones y deseos homosexuales?

Juanga rompió con la imagen masculina tradicional en México, esa cuyo epíteto, en su contemporaneidad, es encarnada por Vicente Fernández. Y cuyos antecedentes próximos los fueron Pedro Infante, Jorge Negrete y Pedro Armendariz. Todos heterosexuales, todos estereotipos de una masculinidad caracterizada por la misoginia, la homofobia y la violencia.

Juan Gabriel no necesitó hacer apología de tal masculinidad, ni alardear de una hombría bravía o cualquier otro atributo adjudicado al mito del macho mexicano, para hacerse de una legión de mujeres que se enamoran de él y de sus canciones. Pues—afirma Monsiváis—Juan Gabriel para las mujercitas es el novio ideal, o algo más, el amigo inaccesible, el novio inalcanzable. Él es lo que jamás obtendrán, y por lo mismo, el ideal que se nulifica con la admiración excesiva.

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Así, en contraposición a los charros mexicanos, el nacido en Parácuaro, Michoacán, hizo uso de la sensibilidad, si hay que etiquetarla: femenina, de las emociones y la fragilidad del ser ante el amor y la pena. Materializó, con sus letras reiterativas, pegajosas y melodías prensiles al amor, la alegría y el dolor de saber amar, ser amado o amar sin ser correspondido.

Adorador de la fuerza femenina, como lo señaló en 2012 en una entrevista con La Jornada, Juanga apuesta por el sentimentalismo, tan desvalorado por el discurso machista de la cultura mexicana. Así, sus letras reflejan sentimientos de mujeres y hombres, que como ellas y como él, aman a otros hombres. Dio voz, a veces nostálgica y otras jocosas, a las emociones que sólo puede despertar un hombre. Por eso—me atrevo a decir—las mujeres y hombres homosexuales se identifican con sus canciones y encarnan en sus voces la lírica del Divo de Juárez, porque sólo alguien que ama a un hombre, puede escribir, y describir, acerca de ese amor. Sobre sentirse amado o rechazado por uno.

Finalmente, Juan Gabriel es transgresión porque logró pasar de lo abyecto al reconocimiento popular y convertirse en un ídolo, hoy es un mito. No sólo como inspiración, pues su origen y primeros años no es diferente al de cualquier niño en el México de hoy, viviendo en zonas marginadas; también—como señala Monsiváis—por lograr convertirse en el centro, cuando su condición no heterosexual lo posicionaba en la periferia.

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Juanga supo, a través de su talento, gustar y ser adorado por todos. Sus composiciones y música rompieron barreras homofóbicas, incluso, hasta en los hombres más machos. No hay uno que, en una noche de fiesta, se niegue a cantar una de sus canciones, que haya llorado un desamor con alguna de ellas o que hay dedicado una a quien ama.

A pesar del morbo respecto a su orientación y vida sexual, de las burlas hacia su persona traducidas en chistes de mal gustos, así como de la marginalidad de sus inicios, cuando se generó escándalos por su amaneramiento. Juan Gabriel, cuarenta años después sigue vigente y seguirá aún después de su muerte, porque transgredió patrones. Hoy está más allá de su homosexualidad no declarada, aunque tampoco hizo falta decirlo, pues como él mismo señaló: “Lo que se ve, no se juzga”. Hoy el mismo México que marcha contra las leyes de igualdad social en beneficio de los homosexuales, lloran a uno, el más grande que ha dado México.

México entero lamenta la muerte de Juanga, del Divo de Juárez, del afeminado, cuyo talento bastó para convertirlo en ídolo popular y colocarlo a la par de otros ídolos de la cultura popular mexicana como José Alfredo Jiménez o Agustín Lara. Juanga se va, pero deja una lección histórica y fundamental para todos esos “nuevos valores” que surgen de la cultura LGBTTIQ. Y éste es: Juan Gabriel no necesitó gritar a los cuatro vientos su homosexualidad, tampoco desnudarse o provocadores y eróticos videos de hombres desnudos, que rayan en la pornografía gay, sugerentes coreografías o vestuarios “sexys”, para demostrar que el talento no está supeditado a la orientación sexual. Qué el público adora a quienes entrega amor, calidad y experiencias significativas, más allá del espectáculo. Los cantantes, autodenominados “gays”, harían bien en seguir los pasos de Juanga, en dejar que vender su homosexualidad y provocar con su talento.

Por Carlos Díaz

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

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