La infancia trans que podría haber tenido…

Desde que tengo uso de conciencia, yo era un niño muy recto y muy correcto; no necesariamente porque así me hayan educado, sino que así nací, con una inusitada y ciega confianza en las normas y en el sistema. Y el sistema decía que yo era niño y tenía una norma para como debía actuar, sentir, vestir, etc. Sin embargo, y a pesar de que desde el jardín de niños, sentía una fuerte atracción a mis compañeritos hombres, de alguna u otra forma las femeneidades me seducían y es momento de revelarles la infancia trans que podría haber tenido…

Y es que siempre me llamaba la atención, y hasta cierto punto me molestaba, que la ropa interior de niña fuera mucho mas bonita, suave, y con encajes y detalles preciosos con respecto a las horrendas trusas que mi mamá me compraba. Pero como yo creía en el sistema y en las normas, no lo externaba y simplemente jugaba el papel que me tocaba jugar, ser un niño (aunque muy poco convencional, pero hacía lo que podía).

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Recuerdo que igual me producía cierta clase de emoción y fantasía entrar al cuarto de mi mamá y abrir sus cajones y ver toda una suerte de maquillajes que yo nunca entendía: brochas, polvos, bilés, sombras, etc. Y siempre dentro de mi pechito, una fuerte taquicardia me atacaba cuando me imaginaba lo bonito que me vería con toda esa parafernalia makeupcística encima.

Y es que aunque era un niño muy socionormado, tuve mis múltiples momentos de anarquía, sobre todo durante la época de principios de la primaria. Recuerdo el tremendo susto que me llevé la primera vez que me atreví a tomar un lápiz labial que era de mi señora madre; y es que yo no sabía como funcionaban esas cosas, entonces creí que para que pintara, tenía que presionarlo fuerte. No solo hice un batidillo en mis labios, sino que deformé el bilé. Me asusté mucho y me puse a llorar, puesto que por mas que lavaba mis labios, el fuerte color carmesí no desaparecía. Escondí el bilé y me fui a dormir temprano intentando que no me cacharan. Y así fue.

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Después de una o dos incursiones en la cuestión del maquillaje, que fueron totalmente infructíferas debido a mi innata y legendaria incapacidad de generar movimientos motrices finos, dejé esas cosas para enfocar mi experimentar a vivencias con las ropas del género opuesto. Hubo tres cosas que, recuerdo, me fascinaban en extremo. Todo empezó por intentar probarme la bonita lencería de mi mamá. ¡Y es que era realmente preciosa! Recuerdo de las primeras veces que me la puse, era una sensación divina y única. Luego mis incursiones iban mas allá, donde además me ponía sus brasieres, y buscaba materiales para rellenarlos, hasta encontrar alguno que se viera natural: alguna camiseta, calcetines, papel del baño, algodón, en fin… Una vez lograda la textura ideal según mi infante mente, me probaba un sinfín de playeritas y/o camisitas mías, y admirar así una silueta mía tan añorada por horas y horas en el espejo del baño; me perdía tanto en mi mismo que a duras penas escuchaba la puerta de la entrada y entraba en pánico intentandome quitar todo de encima lo más rápido posible. A menudo era tan intempestiva la entrada de mis papás a la casa, que solamente podía quitarme el relleno y rogarle a todo poder divino que no me cacharan que aún traía ropita femenina interior puesta.

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Otra cosa que me producía una sensación maravillosa, era ponerme medias. Sin embargo, yo era bastante tosco y muy a menudo se me rasgaban, lo que me producía bastante tristeza y miedo de que descubrieran mis papás que había estropeado un par de bonitas medias.  

Siempre anhelé poderme probar un vestidito o una faldita, pero nunca tuve una hermana o algo por el estilo que tuviera ropa de mi talla; y cuando lo llegué a intentar con ropa de mi madre, fue una gran tristeza porque me quedaba muy grande.

Mis mayores odiseas en esa época, fueron el atreverme a irme a la escuela con una bella tanguita de lencería femenina puesta, en vez de mi burda trusa fea. Y eso me hacía sentirme muy feliz, aunque con un miedo y una adrenalina fuertes, pues sabía que eso estaba “mal”, fuera de la norma, que “no debía ser”.

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En fin… mi educación fue convencional y con mi forma de ser, fue hasta mis años universitarios donde por fin comprendí que el sistema es represor, y que intenta suprimir la individualidad y la genuinidad de las personas. Si alguien me hubiese inculcado la enseñanza de que yo era libre, que yo era capaz de autodeterminarme y de decidir por mi, seguramente hubiera sido honesto sobre mis deseos con mi familia y hubiera tenido la oportunidad de experimentar y vivir con mayor apego a mis sentimientos. Sin aquella represión socionormada, quien sabe, igual y mi género habría evolucionado de otra forma.

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Niklas Bloemer

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Niklas Bloemer

Holiiiii aquí me expreso libremente sobre lo que pienso y siento, especialmente relacionado con la comunidad LGBTTTI. Por si lo dudabas, soy gay. ¡Disfrútalo!

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