La llamada un teatro musical

¿Qué harías si tu encuentro con Dios tuviera como soundtrack las baladas de Whitney Houston, cantadas por él? ¿Te arrodillarías a orar o encenderías los motores para bailarle reggaeton? A los madrileños Javier Ambrossi (30 años) y Javier Calvo (24 años), este escenario hipotético—infiero—les llevó a escribir y dirigir el musical La llamada, que promete “nos llevará al cielo”. Desde principios de septiembre la puesta en escena tiene lugar en el Teatro Ignacio López Tarso, del Centro Cultural San Ángel, bajo la producción general de Claudio Sodi. Laura Zapata, Natasha Supeyron, Tessa Ia, Alexis de Anda y Federico Di Lorenzo, acompañados de la “Banda de Dios”, durante dos horas, transforman el teatro en un peculiar campamente llamado “La brújula”.

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Una puesta en escena minimalista, por no decir sencilla, conformada por una litera, que—según contaron Ambrossi y Calvo al País en Mayo de 2015—para la versión original en España fue la utilería más cara: 100 euros, un retrato de Juan Pablo II y una puerta bastaron para producir, en los espectadores, la dimensión de una recámara de dos adolescentes que se encuentran en un campamento organizado y regulado por monjas de alguna orden religiosa católica.

La obra inicia con la interpretación de Federico Di Lorenzo del clásico de “la negra famosa que se murió” Whitney Houston: I will always love you, mientras que Maria Casado – interpretada por Natasha Dupeyron— típica “niña bien de toda la vida”, le ve y lo escucha sin comprender que pasa. La magia se rompe cuando, tras terminarse la balada, Susana—personaje a cargo de Tessa – amiga de Casado, enciende la luz y comienza la faena para escaparse esa noche al concierto del ídolo de ambas: Wisin (si, sólo él, Yandel, como dice Susana: “No va a venir [al concierto]).

La escena nos muestra algo que nos es familiar—gracias a los clichés del cine y las novelas mexicanas actuales sobre niñas “bien”— dos chicas “rebeldes” (porque no siguen a los demás), que planean fugarse, porque claro romper las reglas es lo “cool”, es parte de ser joven. Con un lenguaje rico en palabras coloridas: “¡pendeja!”, “madres”, “a huevo”, y otras perlas de la jerga mexicana, las protagonistas nos envuelven en risas, carcajadas y uno que otro recuerdo de nuestra adolescencia, porque ¿quién no se ha fugado alguna vez al antro, concierto o fiesta escolar?

La trama, a partir de esa escena, gira – desde nuestra perspectiva—en torno al cambio, a la producción individual, mediada siempre por nuestro entorno, de la identidad—en este caso de las protagonistas—por ejemplo, María Casado no puede imaginar, ni explicar, como después de “haber sido la mejor bailando reggaeton”, ahora sienta el llamado de Dios—al menos él que ella ve—¿Es una señal hacía la vida religiosa?, que mucha falta tiene de sangre nueva e ideas revolucionarias, nunca lo sabemos en la obra, lo que es cierto es que como ella misma canta, sabe que está cambiando, que algo le pasa, sin embargo, no se atreve a ignorarlo, porque quiere seguir escuchando el llamado de la voz de Dios.

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Susana Romero, a quien Bernarda de los Arcos – Laura Zapata—llama “maldita terrorista”, también descubre emociones que no contemplaba hasta ahora, pero que la hacen replantearse quién es, con todo y el miedo que eso supone. Milagros—una mojan joven, norteña e involuntariamente cómica, también enfrenta—con incertidumbre—su propia transformación ¿Vale la pena detenerse en la carrera de la vida, para reflexionar sobre la dirección a la que vemos y, eventualmente, cambiarla? Sólo al final del musical sabemos lo que decide. Mientras que Bernarda de los Arcos—como toda mujer adulta mayor—se enfrenta al cambio generacional que lleva consigo la edad. ¿Qué implica darse cuenta que lo que funcionaba para una época, y en un espacio determinado, se encuentra limitado ante los tiempos modernos? ¿Permanece uno aferrado al pasado o se deja envolver por los nuevos aires del cambio?

En este trama de cambios inesperados, la solemnidad que podría suponer el tema, está mediada por las posibilidades sonoras—después de todo es un musical— de la puesta en escena. La voz de Di Lorenzo permite disfrutar de las baladas clásicas de Houston. Mientras que la energía de “La banda de Dios” junto a las voces juveniles de Natasha Dupeyron y Tessa Ia nos llevan a recordar otros clásicos de la música mexicana contemporánea, como “Eres mi religión” de mana; además del reggaeton de Wisin Y Yandel, entre otras. Justamente esta mezcla de sonidos permiten la confluencia de emociones diversas, desde la nostalgia de la balada pop hasta las vibraciones de la música urbana, en cualquiera de sus múltiples divisiones: electro latino, reggaetón, dance, etc.

Sobre la actuación de los actores y las actrices, rescato el trabajo de Alexis de Anda, creo que es un personaje redondo, con matices, que no teme desvestirse, a mitad del escenario montado en forma de cruz, cantar (aun cuando se advierte necesaria una mayor educación vocal), nos enternece, y al siguiente segundo, nos hacer reír a carcajadas. De Anda, nos lleva de la risa a la reflexión. Su personaje transita por un camino que, a veces cuando ya adultos nos cuesta tomar: el cambio, el dejar atrás lo conocido, la zona segura, y tomar nuevos senderos. De Laura Zapata diré que sale de su zona de confort—todos (as) sabemos que es una villana consagrada de la televisión mexicana, en especial si se trata de amargarle la vida a Thalía, ya sea en la ficción o en la realidad—creo que se muestra cómo lo que es, una veterana de la actuación, con un personaje cómico, que lo mismo canta y baila, durante las dos horas de función.

IMG_20150923_164700Natasha Dupeyron hace un trabajo decente, al igual que Tessa Ia, sus personajes no son complejos, es cierto que se encuentran en exploración, sin embargo, ellas dominan el arte de ser “niñas bien”, así que desde el acento burgués mexicano, mejor conocido como “fresa”, hasta la mímica del rostro y quinésica corporal, les sale natural. Si hay, en algún momento algo que criticar, pero no ha ellas, sino a la adaptación del texto, es el mal que tienen tanto el cine como el teatro mexicano: el exceso de palabras vulgares, algunas justificadas, pero a veces innecesarias. En una entrevista con Javier Poza, Natasha Dupeyron, afirma que la obra es para mayores de 13 años, porque utilizan “un lenguaje muy real”, aunque más que real pienso que el colorido de la jerga mexicana ahí empleada, es un anclaje para hacer sentir a los espectadores, que los personajes son como ellos, que igual “mientan madres” o dicen “puta”. ¿Al final qué mexicano promedio no dicho tales perlitas una vez en su vida, no?

“Lo hacemos y ya vemos” es el discurso sobresaliente del musical. De voz de las protagonistas, es la filosofía de vida de la juventud a la que representan: la fuerza emotiva de los actos por encima de la racionalización de los mismos, aquí no se piensa y luego se existe, se actúa y, luego si se requiere, se piensa sobre los actos. Un discurso que entiendo es un aliciente para tomar el valor de hacer aquello que comúnmente no harías, por cobardía o miedo. No comparto del todo dicha filosofía, pero entiendo que, en el contexto de la obra, es un detonador para “aventurarse al cambio”, que finalmente es de lo que nos hablan. Cambiar nunca, por más que se racionalice, será un proceso exento de la posibilidad de fracaso, miedo de todos (as), pero no cambiar es una derrota segura.

También he de rescatar que el tema de la religión—desde una lectura menos superficial—tiene una elaboración que nos lleva a hablar de la necesidad que la doctrina religiosa cristiana— póngale el nombre que quiera— tiene de reconfigurarse a la luz de los signos de los tiempos actuales. Me parece rescatable, e importante, que se hable de cambiar no sólo la fachada del cristianismo católico, también las maneras de hacer sentido de la fe, a través, por ejemplo, de la música. La iglesia católica, particularmente, ha permanecido en una negación a la necesidad de un cambio radical. Las iglesias cristiana protestantes—un caso muy concreto—desde hace años tienen cantantes cristianos juveniles que lo mismo cantan pop, rock o dance. Y claro está, también eso que han osado en denominar: reggaetón cristiano. Lo que buscan con ello, es llegar a los jóvenes a través de las frecuencias adecuadas a sus sentidos. Y lo han logrado, unas más que otras, porque como dice Bernarda de los Arcos: “la música hace milagros”. Es cierto que la obra no hace apología de la iglesia católica, ni de otro dogma, sin embargo, me parece que es necesario puntualizar que, para los poco dados a una mirada menos ortodoxa del catolicismo, el musical puede rayar en la blasfemia, y lo digo por las siguientes consideraciones: la representación de Dios (sí con mayúscula porque se habla de Dios Padre), es demasiado moderna, ¿alguien se imagina a un Dios joven, en un traje ajustado, de color verde y con lentejuelas? La mayoría no. La domesticación visual que las películas de Semana Santa han hecho con nosotros, ha dado resultado. Además—desde la mente de una persona mal intencionada—la obra bien podría hablar, también, del romance entre un hombre adulto y una jovencita, pues ese “primer amor” o “enamoramiento” cristiano, espiritual y religioso, del que se habla en el musical, sin un background sobre las maneras de hacer sentido al interior de la vida espiritual, podría llevar la mirada a lecturas ajenas a los escritores. Y bien saben que el catolicismo lo que menos necesita, ahora, son más piedras en el camino (escándalos sexuales), tiene suficiente con las que hasta ahora han tropezado. Así, que es necesario ver La llamada desde una posición relajada y receptiva al trabajo artístico y visual. En ningún caso el musical tiene como finalidad el adoctrinamiento en una fe, en todo caso, se recomienda cautela para quienes pudieran considerar la obra como ofensiva.

La llamada es, finalmente, un musical que lo mismo te hace plantearte ciertas preguntas, estimular tus sentidos a través de la música o, simplemente, motivarte. Sí, salir de ahí con una ganas de aplicar el “Lo hacemos y ya vemos”. De ahí que considero cumple su cometido. Al parecer está dando buen fruto la pasión de Javier Ambrossi por los libros de autoayuda, el musical es motivador e inspirador: los espectadores ríe, afirman con la cabeza, se levantan, aplauden, se comprometen con la obra, escriben sobre ella. El talento de esta pareja, en el sentido literal de la palabra (si son novios, y tiene un perro llamado Susi), ha rebasado las fronteras de su natal España, la obra no sólo se ha adaptado para México, también se ha vendido a Argentina, Perú y Uruguay, asimismo, sus creadores, en abril, comentaron a GQ España la posibilidad de una adaptación audiovisual de la puesta en escena. ¿Tendrá una película el mismo impacto en la experiencia sensible de los espectadores, como el que se genera en el teatro? Veremos. Por lo pronto, les recomendamos asistir a las funciones que se dan de viernes a domingo en el Teatro Lopez Tarso. Consulten cartelera.

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

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