El peligro de la homofobia en la infancia

Es momento de QUE ALGUIEN PIENSE EN LOS NIÑOS y vea El peligro de la homofobia en la infancia.

A continuación, y con debido permiso, comparto tres casos de mi consultorio, personas, hoy adultas, cuyos procesos de desarrollo humano, autoestima, salud mental, y capacidad para ser feliz, han sido afectadas gravemente por esta educación homofóbica y por las personas que, en teoría, debieron cobijarlas y protegerlas. Es mi intención denunciar, a través de la experiencia de tres personas víctimas de una crianza y educación homofóbica, la urgencia que tenemos como sociedad mexicana para luchar, desde nuestras trincheras personales, armados con la compasión, el amor, y el respeto a la dignidad humana y a sus derechos universales, contra esta repugnante situación que marca las vidas de niñas y niños inocentes. Y de señalar como enemigos del desarrollo humano y los derechos humanos, a toda institución u organismo, que promueva los valores homofóbicos en nuestras escuelas y familias.

Los casos de B., P. y K.:

Infancia: el infierno en la tierra.

El peligro de la homofobia en la infancia 3 - El peligro de la homofobia en la infancia

B.

  1. fue un niño muy aplicado en la escuela, siempre excelentes notas y reportes de tareas ejemplares, era un niño tierno prefería más de los juegos armoniosos con sus compañeros, que de juegos violentos y de competencia. Descrito cerebrito y muy amigable, B. también se destacaba artística: actuaba, cantaba y bailaba como ninguno otro, cosa que hacía felizmente y muy bien, especialmente bailar, le fascinaba bailar. El mundo era un lugar bonito para B. hasta entrar a la primaria. B. siempre fue un niño talentoso, sin embargo, todas estas virtudes no ayudaron a que B., fuera aceptado y respetado entre sus compañeros de primaria, B llamaba mucho la atención, ya sea por su personalidad alegre y social, por inclinación a expresar su alegría cantando y bailando, o por sus excelentes notas escolares y desempeño escolar extraordinario para un niño de su edad. Al poco tiempo B. comenzó a sentir hostigamiento por parte de sus compañeros, principalmente hombres, las mofas comenzaron por el hecho de ser “siempre el mejor”, esto, más un gusto por ambientes armoniosos, pacíficos e inclusivos, hizo que B. prefería abiertamente la compañía de las niñas que la de los niños, además, B. movía mucho las manos al hablar (su cuerpo era expresivo, y no deparaba en expresar la vivacidad y alegría propia de una persona de seis-siete años), esto lo condenó a ser el “rarito” del salón, una aberración digna del asco, la burla y el repudio entre sus compañeros, también de entre seis y siete años.

El peligro de la homofobia en la infancia 2 - El peligro de la homofobia en la infancia

Las cosas no se pusieron mejor conforme avanzaba de grado escolar. A B. le resultaba penoso hablar de esto con sus padres, a decir verdad, parecían minimizar a “pleitos de recreo” su sufrimiento, seis años de infierno en la primaria, y luego tres años más infernales en la secundaria, B. ya había aceptado su nuevo nombre, ese que la sociedad le había impuesto, el de “el joto de la escuela”, nombre que le daba derecho a cualquier miembro de la comunidad escolar a tratarlo como al bote de basura del salón, o sea, a usarlo para tirar en él toda la basura personal que traían de sus casas, esto incluía golpearlo, usarlo de “piñata humana”, orinarle la mochila, entre otras cosas. Fue común para B. recibir un diploma y una burla, al mismo tiempo, en público; recibirlos en la asamblea escolar era lo peor que le podía pasar, incluso tenía pesadillas frecuentes por este motivo; B. tenía que caminar desde el rincón donde se escondía, cruzar la plaza cívica hacia el estrado, hablar incómodamente un poco, y luego regresar a donde vino, esto, acompañado de un coro de burlas que lo comparaban con una mujer, de empujones, de tocar sus genitales, de escuchar voces que le gritaban “puto” y las carcajadas, incluso de algunos maestros, y de las miradas de lástima, rechazo o indiferencia ante esta evidente tortura psicológica, del resto de los presentes. También, de la presión social de “defenderse con violencia”, B. no era un chico violento ni soñaba con serlo, prefería ahogarse un día más en la tristeza y el coraje. B. estaba harto de ser tan reconocido, este reconocimiento lo exponía, y le generaba dolor y un profundo terror a ser el mismo. A B. no le quedaba claro cual era su pecado, pero sabía que algo lo condenaba al exilio y desprecio social. B. intentó, en varias ocasiones, no verse “como joto”, aún no lo quedaba claro cual era el problema en sí pero si estaba consciente de que “verse como joto” le estaba costando la felicidad y la paz mental, alguna vez alguien que el consideraba amigo, le dijo qué cosas de su conducta y gustos lo hacían parecer como uno, sin embargo, aunque intentó cambiarlo, B. no podía dejar de ser él, era un chico tan auténtico y una estrella destinada a brillar, que era imposible ocultar su luz entre tanta oscuridad. Fueron 10 años llenos de discriminación, burlas desmedidas, hostigamiento sexual y golpizas, los adultos a su alrededor lo veían como algo normal, a decir verdad, algunos profesores se compadecían de el, pues, en sus palabras, “en verdad se le notaba lo jotito”. Decían que esto le formaría un carácter y que haría de él una persona fuerte ante la cruda realidad de la vida. La verdad es que a B., lo único que se le fue formando fue una depresión cada vez más profunda que, a medida que crecía, lo llevó a disfrutar menos de estar vivo y a desear más estar muerto.

  • no era necesariamente el alumno estrella pero si era aplicado, tampoco fue tan señalado como B. en la escuela, quizá porque P. era un niño tímido e inseguro a la hora de socializar. El infierno de P. no estaba tanto en la calle sino en el hogar, su padre, le propinaba golpizas muy a menudo por ser “tan maricón”, P. fue uno de esos (tantos) niños sensibles, de esos que naturalmente están más conectados con los sentimientos de los otros y los suyos, inteligencia interpersonal le llama Howard Gardner (cosa que los psicoterapeutas entrenamos años para lograrlo, y que es una virtud para las relaciones interpersonales exitosas), pero su padre veía esto, en sus propias palabras, como “peligroso y asqueroso”, insistía que su forma de ser era “como una mujer”, y se lo recordaba a gritos y con continuas comparaciones con otros niños que “si parecían hombres”, y con su madre, ya que “ni ella chilla por todo como tú”; y como todos los hombres de su tipo, esos afectados por este veneno llamada machismo, el padre de P. creía que ninguna persona que portase el titulo de “hombre” debería presentar ni el mas mínimo rasgo femenino, por ejemplo, en el caso de P.: sensibilidad, amor, cariño, ternura, compasión, ayuda, y empatía; cosas que P. dominaba de forma innata, pero que le eran causa de golpes y gritos cada vez que lo demostraba. La cosa estaba así, cada vez que P. demostraba sensibilidad recibía un golpe y un insulto, mientras más lloraba por el dolor de lo ocurrido, un nuevo y más duro golpe venía de parte de su padre; la familia estaba acostumbrada a presenciar estos espectáculos de violencia ejercido por un hombre de 38 contra un niño de 7 años, y al parecer, en acuerdo, porque en varias ocasiones, dice P., escuchó hablar entre paredes sobre lo vergonzoso y triste que era tener un hermano/hijo maricón.
  • aprendió a anular sus sentimientos desde muy pequeño y a callar su voz, lo hacía por miedo a las golpizas de su padre, y también, curiosamente, por amor a él, porque él amaba a su padre y a su familia, y quería ganar el aprecio y aceptación de todos, desde muy pequeño ya se sabía culpable de ser una vergüenza para su familia, y aprendió a aceptar como justos y bien merecidos los golpes y el desprecio de los demás. Además, en el fondo, tenía la convicción de que su papá tenía algo de razón, quizá porque su papá no era el único a su alrededor que despreciaba a un maricón, sus mamá, sus hermanos, la sociedad, ¡nadie quiere a los maricones! Y desde entonces, el tampoco los quiere, especialmente, al que vive dentro de él.
  • fue una niña, a palabras de su abuelo, “bien despierta”, siempre estaba a la delantera en todo tanto en casa como en escuela. Tenía mucha iniciativa, mucha energía, muchas ocurrencias, y muchas opiniones, era muy social y con una personalidad de esas que se imponen para destacar y ser escuchadas. K. era una líder, y no sólo eso, parecía interesarse por hacer justicia y opinar en favor de lo correcto. K. también amaba la acción, la velocidad y la resistencia, prefería las aventuras que le permitían expresar su personalidad intrépida y directiva, que a jugar a imitar a mamá o a Barbie, cosas que se suponían deberían gustarle “naturalmente”. En un inicio, K. recibía risas y expresiones de sorpresa por su forma de ser, pero conforme avanzaron los años, su fuerza, su personalidad y sus preferencias recreacionales comenzaron a despertar desagrado, señalamiento y repudio.El peligro de la homofobia en la infancia 8 - El peligro de la homofobia en la infancia

En una comunidad escolar, donde hasta para el más superficial y tonto propósito, los maestros separaban a los chiquitos en dos grandes grupos, “el de las niñas y el de los niños”, y cuyos estandartes consistían en dos colores absolutos, que ella ya bien conocía gracias a su caja crayones, ya que también le fascinaba colorear, estos dos colores eran el azul para los niños y el rosa para las niñas, no había otros colores, sólo azul y rosa. K. prefirió siempre el azul, era el color del mar, del cielo, de los ojos de su abuelo, persona que ella recuerda, fue la única que la amó, y de las moras azules que le parecían tan exóticas, de hecho, el azul a sido un color que ha fascinado a la humanidad desde las primeras civilizaciones, y K., como parte de la humanidad, compartía esta misma fascinación, pero los adultos a su alrededor la trataban con repudio y fastidio si ella expresaba su gusto; pero K. también amaba el rojo, de hecho, el rojo era un color con el que ella se identificaba bien, era el color del fuego, y siempre soñó con un carro rojo con el cual se iría a recorrer la ciudad con sus mejores amigos, sin embargo, aprendió de su mamá y de las aburridas telenovelas, que esta veía, que no es bien visto que una niña prefiera el rojo, el rojo es un color para las mujeres, especialmente para esas que lograron parecerse a Barbie, y que lo hacen para potencializar el, aparentemente, único poder que tiene una mujer, que es seducir a un hombre y manipularlo a su antojo; las niñas deben preferir el rosa, que para K. era la atenuación del fuego y la vida del rojo, a través de reducirlo con mucho blanco, otro color muy importante para las niñas y las mujeres, según su mamá y las telenovelas, color que le parecía de lo más aburrido. K. sobresalía inmediatamente del grupo donde estaba obligada a estar, sin nunca haberlo querido o pedido, en el grupo de las niñas. Y no es que K., inicialmente, tuviera un problema con ser niña, a esa edad una persona no mira si es niña o niño para restringir su naturaleza, ni sus fuentes de recreación y alegría, mucho menos entiende, o quiere, que su vida sea determinada, ni su personalidad ultrajada, ni su unicidad como persona reducida, por aquello que lleva entre las piernas bajo el nombre de genitales, y las ideas que tienen los adultos, como sus padres, especialmente su mamá, acerca de cómo y por qué, una persona con mismos genitales que ella, tiene que ser.

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El rosa para K. era más que un color, era un recordatorio de que algo en ella estaba mal, y que esto malo era motivo de regaños, burlas y rechazos. Las cosas no mejoraron con el tiempo, K. vivió su primaria soportando burlas, rechazo, y desprecio, en una ocasión fue sorprendida por un grupo de niños quienes la golpearon al punto de hacerla sangrar, por “ser machorra”; K. no pudo hacer una denuncia, decidió callarse por vergüenza, además, su madre ya la había llamado así un par de veces. K. se sentía un monstruo, y en algún momento de sus nueve años, no sabe como, comenzó a sentirse “sucia y asquerosa”, quizá era la forma en la miraban otras niñas y su mamá, o quizá las miradas de juicio y la incomodidad muda que debía aceptar por parte de los niños de su cuadra, para que la dejaran jugar fútbol con ellos, no sabe, pero el sentimiento nunca se fue; K. sentía, figurativamente, que los niños y los adultos, a su alrededor, estaba más a favor de mutilarla para que, aunque sea a pedazos, cupiera en una caja reducida y de color rosa, en vez de ofrecerle la oportunidad de tener una caja a su medida. K. se hizo una niña experta en el sentimiento de abandono, culpa y soledad, aunque había mucha gente a su alrededor, ella aprendió que nadie estaba en disposición de amarla, atenderla y respetarla por ser como era. Para la pubertad K. entendió que había de ocultarse, simular ser otra, y refugiarse en un cuarto pintado de azul en lo más profundo de su inquita y confundida mente, aquí tampoco encontraba paz pero si refugio, la final del día, había aprendido que amar el azul, y amar todo lo que ella amaba, revelaba lo que con el tiempo aceptó, y que alguna vez su mamá le leyó de la Biblia, que ella era una abominación, y como tal, indigna de ser amada o respetada.

El peligro de la homofobia en la infancia

No nos quedemos sólo con el lamento.

Ante la presencia de organizaciones y personalidades que se han autoproclamado “defensores de los niños, los valores tradicionales y la familia”, y que usando esto como plataforma política, buscan perpetuar en la sociedad mexicana valores homofóbicos, el bienestar futuro y derecho a la felicidad de nuestra infancia mexicana está en juego. Tenemos ya suficiente con fenómenos como la corrupción, la violencia de género, y la violencia, no ocupamos sumar otro mal más a nuestra sociedad, mucho menos uno que atenta contra los derechos humanos, la libertad humana, y el respeto y valor de la dignidad de cualquier persona, sin importar sus características personales. Cientos de niñas y niños están siendo criados bajo principios homofóbicos en las escuelas públicas y privadas, cientos de niños sufrirán de las secuelas de este tipo de educación, que cuando mínimo producirá malestares psicológicos, como relaciones interpersonales y familiares disfuncionales, depresión, ansiedad, violencia, y en un extremo, suicidio y asesinatos. Es tiempo de detener a la homofobia.

Soy Psic. Alex Torres (@Psicoloco) te invito seguir leyendo más de este interesante tema en el siguiente link http://serviciodeagencia.com/la-homofobia-una-realidad-social/

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Psicoloco

Creando y renovando la perspectiva de un facilitador del desarrollo humano… donde se celebra la autenticidad, la congruencia, las ganas de ser feliz y el compromiso con ellas.

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