Sexo desprotegido ocasional, tropiezo o accidental

El sexo desprotegido –rechazo admitido o no del uso del condón en cada contacto sexual– ha dejado de ser un episodio ocasional, un tropiezo o accidente. En algunos casos, se ha vuelto una práctica deliberada, incluso organizada, que ha generado una subcultura específica, la de aquellas personas que tienen sexo sin la barrera protectora del condón, una práctica que en los países anglosajones se conoce como barebacking (sexo a pelo).

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Unlimited intimacy: reflections on the subculture of barebacking (University of Chicago Press, 2009), del investigador estadunidense Tim Dean, propone una aproximación novedosa, ciertamente provocadora, a una problemática cuya relevancia muchos estudiosos y no pocos militantes gays prefieren a menudo ignorar o subestimar cautelosamente. Se trata, en efecto, de un asunto incómodo en tiempos de lucha por el reconocimiento del matrimonio gay y la adopción. Cuando se llega a abordar el tema, se prefiere circunscribir la práctica al terreno de la patología, pues analizarla más a fondo podría sugerir una apología indirecta de dicho comportamiento.

El profesor Dean señala que antes de la llegada de los antirretrovirales de alta eficacia, en 1996, el término de bareback era prácticamente desconocido, aun cuando la práctica existiera. La disminución de un riesgo de muerte a corto plazo por consecuencias del sida hizo, sin embargo, que proliferara la práctica del sexo sin condón, y que dicha práctica abandonara el terreno de la estricta intimidad para socializarse y crear una subcultura específica, con una comunidad claramente identificada y formas de comunicación a través de internet y puntos de encuentro comunitario.

La investigación Unlimited intimacy propone una exploración del nacimiento y auge de esa socialización del bareback y de la consolidación de su subcultura, a partir de tres fuentes: a) la observación informal participativa (el autor se introduce en la comunidad y participa en ella), b) el registro de la pornografía procedente de esa subcultura (aspectos distintivos), y c) el estudio del funcionamiento de los sitios web relacionados con ella. Explora el autor también el mundo del ligue en línea contrastándolo con formas de contacto casual, en ambientes urbanos, muy comunes en épocas pasadas (parques, baños, bares, etc).

La metodología empleada evita, por principio, la demonización del tema, o la denuncia incluso de evidentes fallas en la educación sexual o en las políticas de prevención del sida. Lo que interesa a Dean es una aproximación desprejuiciada a una práctica de bareback que desafía los lineamientos de la moral social y compromete la aceptación pública de la homosexualidad, legitimando de paso la discriminación y afectando también el financiamiento de campañas de prevención del VIH.

¿Qué descubre Dean en su estudio? Primeramente, que el barebacker rechaza la normatividad impuesta y asume la transgresión, de paso también el riesgo de enfermedades, al tiempo que construye una subcultura que es a la vez identidad y conducta. Reivindica también la fantasía, denunciando que el discurso profiláctico médico tiene como misión cancelar toda consideración sobre las fantasías, la intimidad e incluso el placer.

El asunto es delicado, pero el autor lo estudia sin reservas. Observa que existen básicamente tres tipos de barebackers: a) el que no desea transmitir el virus, b) aquél a quien le resulta indiferente hacerlo, y c) el que opta por transmitirlo deliberadamente, constituyendo este último, estadísticamente, una minoría que por lo demás no se esconde. Señala también Dean que por lo general existe en el barebacking una seguridad negociada cuando en una pareja ambos son seronegativos y asumen el compromiso de la fidelidad; o un acuerdo tácito de compartir el riesgo en lo que llama serosorting, cuando los dos miembros de la pareja son seropositivos, y también un posicionamiento estratégico frente al riesgo cuando la pareja es serodiscordante (uno VIH positivo, el otro negativo). En los dos últimos casos existe un cálculo de reducción de posibles daños.

En una relación sexual de riesgo, sin intención deliberada de transmitir el virus, impera, sin embargo, una lógica de auto engaño compartido: el seropositivo razona: si mi compañero no me pide que use condón es que debe ser seropositivo como yo; el seronegativo, por su parte, concluye: si él acepta penetrarme sin condón es que debe ser seronegativo como yo. En realidad, sugiere Dean, la conducta no es tan anómala o infrecuente como pudiera pensarse, pues la gran mayoría de la población practica el bareback al no sentirse realmente en riesgo epidemiológico, y dicha práctica sólo se estigmatiza cuando surge en una comunidad gay considerada de alto riesgo. Añade el autor: “Casi nadie imagina hoy que la vieja máxima del sexo seguro (‘Use condón en cada ocasión’) deba aplicarse en su caso personal, y sí para toda aquella persona cuyo placer parezca menos significativo o legítimo que el propio. El sexo sin condón se ve así a menudo como un privilegio de los normativamente emparejados en esta era del sida. El derecho al bareback parece sólo acompañarse de la monogamia”. El estudio que hace Tim Dean en su libro es, sin duda, polémico, pero parte de la premisa que evitar una discusión desprejuiciada de estos temas equivale siempre a favorecer las mismas prácticas de sexo no seguro que se busca combatir. El viejo lema de Act-Up sigue siendo así pertinente: silencio=muerte.

Texto de Carlos Bonfil para jornada.unam.mx

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