Todo inicio con un cigarrillo

Luego de salir de lo que había sido una larga y pesada temporada de teatro, necesitaba tiempo para mi, tiempo para caminar, pensar, reflexionar, meditar, volver a encontrarme conmigo mismo y fumarme un cigarrillo, sin imaginar que sería ahí cuando todo daría inicio…

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Era un jueves en la noche y la gente estaba en actitud rumbera, Bogotá es de esas ciudades donde todos los días encuentras rumba y algo diferente para hacer, yo mientras tanto, decidí sentarme a fumarme un cigarro. Pasados unos pocos minutos vi salir al que parecía un “hombre perfecto” físicamente: alto, de ojos claros, cabello castaño claro y muy bien vestido; pronto sentí una mirada puesta sobre mí, que no me permitía voltear y notar quien era mi espectador.

No pude aguantar, quería saber quién era, ver si quizá era mi príncipe azul y para mi sorpresa era él, aquel semental que vi salir hacía unos pocos minutos del Andino, me fue difícil no sonrojarme, pero sabía que no pasaría mas allá de unas miradas coquetas, ¡qué gran error!

En ese momento dirigí mi mirada a otro lado y dejé atrás a aquel hombre que me seguía viendo, sólo pude escuchar una voz gruesa, varonil y de acento argentino que me decía: “¿Vos me pones regalar un tabaco?”, levanté la mirada y ahí estaba de pie, frente a mí, aquel hombre de ojos claros, 1.80 metros de estatura, tez blanca y contextura normal, que había estado mirando.

Rápidamente saque la cajetilla de cigarros y extendí mi mano, le dije: “Sólo tengo de estos”, el rápido agarro uno y lo prendió, al decir “gracias” se sentó a mi lado y me preguntó si me podía acompañar en mi espera, yo no dudé en aceptar.

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Iniciamos una conversación bastante interesante que se robó por unos minutos mis pensamientos. Aquel extraño era Ariel, oriundo de Buenos Aires – Argentina, él compartió conmigo sus buenas anécdotas de su primera visita a Colombia, y me preguntó varias cosas de mi vida, las cuales yo respondía de inmediato.

Entre suspiros, cigarrillos y una buena conversación, Ariel, todo un bohemio y un caballero, me preguntó si me molestaría si me robaba un beso, acción siguiente estaba frente al andino besando a aquel argentino.

Fue un beso de esos húmedos y largos, que inician y no se sabe cuándo van a parar, solo podía sentir el roce de sus labios con los míos, su barba frotando la mía y su mano acariciando mi cuello.

Sin duda uno de los besos más largos que he dado en mi vida, en realidad quería seguir besándolo, pero en ese momento él se pone de pie y me dice: “Ven, ¡vamos!, te invito un trago y seguimos hablando en otro lugar”. Parecía que cada minuto pasaba más lentamente, mi cuerpo perdió el control, fácilmente me enredaba, tropezaba y de vez en cuando balbuceaba. Entramos a un lugar en la zona T, él sugirió que tomáramos una copa de vino, hizo la orden y noté que una de sus manos descansaba sobre una de mis piernas. Las dos primeras copas de vino se consumieron entre risas, miradas picaras y un sutil juego de indirectas.

No sé en qué momento resultamos haciendo un brindis con un Margarita en nuestras manos, la verdad aún estaba atrapado en el embrujo sutil de esos ojos verdes de mirada sensual, entonces él cortó la conversación, diciéndome: “Debo confesarte algo”, pensé e imaginé que me diría que no tenía cómo pagar la cuenta, que tenia pareja o quizá saldría con una cosa absurda, después de un silencio de algunos segundos respondí: “Sí, dime”.

“Estoy enamorado de Colombia, quisiera quedarme mucho más, pero mañana regreso a Buenos Aires, debo estar en el aeropuerto a las 8 de la mañana”, dijo, luego yo simplemente me quedé sin respiración, recordé que nada es perfecto en la vida y que quien parecía un príncipe azul tenía un rumbo diferente y quizá esa sería la primera y la última vez que lo vería.

Parece que la sensación fue mutua y rápidamente nos dimos un beso. Otro beso húmedo, largo, suave con una caricia ligera sobre nuestros rostros que terminó en una invitación, una invitación a pasar la noche con él, la última noche de Colombia en el hotel donde se hospedaba.

Los tragos, los besos, la charla y saber que muy posiblemente no le volvería a ver, me hicieron aceptar la propuesta.

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En pocos minutos llegamos a un hotel sobre la carrera 7, él se hospedaba en la habitación 503, al entrar me pidió ponerme cómodo, seguía siendo todo un caballero, me preguntó si quería tomar una copa o quizá comer algo, con el beso que le di, respondí su pregunta; de todos modos él pidió una botella de vino, aquella botella que acompañaría una velada y dos cuerpos dándose una despida.

Beso tras beso, caria tras caricia la ropa fue cayendo al piso lentamente, los abrazos, los susurros, sus manos sobre mi cuerpo, mis labios sobre su piel nos fueron consumiendo. Él, un hombre de suaves besos y sutiles movimientos, pronto se convirtió en un feroz y apasionado amante, perdimos el control por completo.

Las gotas de sudor caían sobre mi espalda mientras él rozaba sus manos contra mi espina dorsal, sus besos cada vez más agresivos, descontrolaron mi cuerpo. Él parecía inabarcable, no podía dejar de besarlo, de tocarlo, ambos nos masturbábamos en medio de un baño de sudor.

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Fue la mejor experiencia que he tenido en mucho tiempo, en realidad creo que perdí la cuenta de cuántas veces logramos venirnos. Cada uno demostró su masculinidad en la cama, no tuvimos reparo en expresar qué tan versátil y creativos podríamos llegar a ser.

El amanecer nos descubrió despiertos, éramos dos imanes que se atraían por el sexo, pero un sonido nos robó la atención. ¡MIERDAAAA! La alarma de mi celular indicó que eran las 6:00 am.

La magia había terminado, yo debía salir, debía regresar a casa y el abordar un avión, intercambiamos nuestros números. Aun seguimos en contacto, el con las ganas de regresar a Colombia y con las ganas de conocer Buenos Aires.

Consejo del perrito:

“Bebe de la fuente cuando tenga agua, no cuando tengas sed.”

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Gustavo Patiño

Made in Colombia, productor artístico nato, recorriendo la ciudad día y noche con @OrgulloLGBT porque me soltaron el collar y nunca atiendo a mi conciencia. Acá encontraras mi vida, mis historias, mis anécdotas y por que no un consejo.

One thought on “Todo inicio con un cigarrillo

  1. Justo acabo de regresar de Bogotá y pude identificar el aroma de la ciudad, el clima a y las luces del relato, ya quiero volver, a mí también me enamoró esa ciudad.

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