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Transnarrarse[1] : vivirse desde lo abyecto translucid@

“Yo nunca me sentí trans, yo siempre me sentí un niño normal.

Me identificaba con la historia de Pinocho porque yo quería ser un niño de real,

Y me sentía real, excepto cuando me decían que no lo era.

Yo decía: están tontos, esto es real y sigue siendo real”.

Konrád[2]

[1] El título de este texto es un guiño conceptual al trabajo realizado por la maestra Blanca Xóchitl Aguerre Chávez. Amiga y excelente ser humano, quien se ha sumergido al estudio de las identidades trans. Recomiendo ampliamente su tesis de maestría titulada: TRANSNARRARSE. Cuerpo, género y nombre a partir de las narraciones trans. 

[2] Aguerre, 2014, p. 113

En 1968 Robert Stoller, a partir de sus trabajos realizados sobre los trastornos de identidad sexual, aseguró que “(…) lo que determina la identidad y el comportamiento masculino o femenino no es el sexo biológico, sino el hecho de haber vivido desde el nacimiento las experiencias, ritos y costumbres atribuidos a los hombres o a las mujeres, y concluyó que la asignación y adquisición de una identidad de género es más importante que la carga genética, hormonal y biológica” (Lamas, 1995, s.p.)

Décadas más tarde, Judith Butler llamaría performativos de género a esa serie de normativas, experiencias, ritos, costumbres y roles, que se encarnan en los cuerpos humanos, los clasifica y somete al yugo de la normalización social. Así, quienes permanecen fuera del binomio “ontológico” sexo- género, a saber: hombre-mujer; masculino- femenino, heterosexual- no heterosexual, pierden la capacidad de ser “leídos” desde la cultura. Es decir, sus narrativas corporales carecen de parámetros de interpretación y reconocimiento, por tanto, son relegados a lo abyecto. De ahí, su rechazo.

Las vidas trans, transgénero y transexuales, en el siglo XXI, todavía son consideradas anormales, anti naturales, “raras”, “desviadas” o en el mejor de los casos incomprendidas. Lo que irremediablemente las vulnera, no sólo respecto a la violencia física de las que son objetos, también a una violencia más agresiva, traumática y voraz: la simbólica. Ésta es empleada por el grupo dominante cis-género y heterosexual, que han asumido, por la fuerza de la habituación, un posición hegemónica, en cuyas narrativas corporales e identitarias, los cuerpos trans son leídos como amorfos, carentes de sentidos, inútiles para un sistema que, durante siglos, han reproducido un proyecto humano caracterizado por el absolutismo, el prejuicio y el castigo de lo que está fuera de la norma construida desde las ideas de un grupo minoritario.

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La violencia simbólica sobre las vidas e historias de mujeres y hombres transexuales, niega la validez y el reconocimiento de tales cuerpos, arrastrando la riqueza de sus narrativas a lo degenerado, ignominioso; desvalorizando sus emociones y patologizando su existencia. En este contexto, el surgimiento de una puesta en escena como Translúcido, escrita y dirigida por Elena Guiochins, se asume importante, en tanto que da voz a esas vidas.

Inspirada en el asesinato de la psicóloga y activista transexual poblana Agnes Torres Hernández, Translúcido es un viaje a la subjetividad de cuatro mujeres trans. Quienes narran, a través de sus corporalidades, otras posibilidades de existir. El acierto de la dramaturgia, en mi opinión, es el trabajo de investigación que se refleja en los diálogos y los monólogos ejecutados por Juan Cabello (Adorno/ Adrián), Juan Navarrete (Adriano/ Adel), Alejandra Maldonado (Adela/ Agne) y Gerralldy Nájera (Nicté). Cada personaje revela un estado de “intersección” entre lo normalizado y la encarnación de un sujeto, diferente, libre. Desde la mujer transgénero que se vive entera como tal, hasta aquella que inicia su transición. Con las confusiones, miedos, dramas familiares y el rechazo que, vivirse fuera de la norma, implica.

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Mención especial merece Alejandra Maldonado interpretando a Adela y Agnes. Vivirse en dos cuerpos, en mujeres diferentes: una asignada sobre la base biológica y otra asumida por la convicción de saberse mujer. En mi opinión es su personaje Agnes, quien centra la fuerza de la obra, la cual educa sobre el tema, al tiempo que hace empático el sufrimiento de ese cuerpo trans que busca ser reconocido. El reconocimiento propio y del otro, como un cuerpo viviente y digno, es la línea argumentativa que infiero sostiene Guiochins en su texto. Lo que me lleva a retomar una premisa que Butler expone: los cuerpos, en tanto sujetos, buscan el reconocimiento cultural porque es éste el que otorga la existencia misma.

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El desacierto que encuentro en Translúcido se observa en uno de los actos previos al final de la obra. Ahí, el personaje de Juan Navarrete (Adel) quien, desde el inicio y hasta antes del acto citado, ha realizado un doloroso recorrido para vivirse como la mujer que afirmar ser; sin mediación, argumento o “justificación” alguna afirma que ha “vuelto a vestirse de hombre” y exhibe su nueva relación heterosexual. Es cierto que, el mensaje que tal escena encierra, en mi opinión, es el carácter fluido de la sexualidad humana. Es decir, que no existen absolutismos en el terreno identitario y la orientación sexual. No obstante, me preocupa que una audiencia no avisada pueda no interpretar este argumento, y “ver” a la transexualidad, o la condición transgénero, como una fase de la experiencia humana que pueda estar presente en un periodo de vida y desaparecer inmediatamente en otra, porque finalmente el personaje de Navarrete vuelve a un estado de “normalidad” después de la experiencia trans. Considero que debe existir un puente que deje claro al lector que el personaje refleja ese carácter líquido de la identidad humana.

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Finalmente, al analizar las identidades transexuales, intersexuales, transgéneros y queer, podemos afirmar que: el cuerpo no es destino, en tanto que no tenemos cuerpo, somos cuerpos. Éste no es un confinamiento orgánico de nuestra existencia, es nuestra existencia misma que encarna narrativas y discursos, configurando nuestra identidad. Así, los cuerpos y las vidas trans visibilizan la capacidad de los individuos asignados culturalmente a un sistema sexo-género determinado para devenir en el otro (por intervención química y/o quirúrgica). Translúcido muestra ese recorrido, en donde el cuerpo rompe sus límites, transformándose en una entidad libre, que habla sus propias historias, que se narra así mismo desde sus carnes.

 

La cantante Transgénero Felicia Garza participa en una de las escenas en la narrativa musical con 2 temas de su más reciente producción discográfica titulada “De aquí en adelante”

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Translucid@, producción del INBA y de la compañía Nocturno Teatro, se presentará con funciones de jueves a domingo en la Sala Xavier Villaurrutia del CCB, ubicado en Paseo de la Reforma esq. Campo Marte s/n, Col. Chapultepec Polanco. Consulta precios y horarios de la obra, aquí.

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

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