Vivir con la culpa a cuestas

Las personas no heterosexuales vivimos con la culpa a cuesta, hasta que uno decide dejar de hacerlo, negociar o aprende a vivir con ellas. Entre todas, tal vez, la espiritual es—en mi opinión—la que más duele, daña y entristece. Católicos, evangélicos, mormones, todos, compartimos un mismo discurso hegemónico sobre la homosexualidad: es pecado.

sacerdote servicio de agencia

En las religiones de orden judeocristiana la homosexualidad es “antinatural”, resultado de la degradación que el pecado genera en los hombres que se apartan “de la voluntad de Dios”. La historia de Sodoma y Gomorra (Génesis 19: 1-11), las leyes y castigos sobre la inmoralidad expresadas en Levítico (18:22 – 20:13) y Deuteronomio (23:17 ), así como en la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos (1: 26-27), son dardos que penetran en la memoria de los hombres y las mujeres no heterosexuales desde muy temprana edad; así, advierten que sentir atracción por alguien de su mismo sexo y establecer relaciones erótico- afectivas fuera del binomio hombre-mujer implica, necesariamente, el rechazo de Dios hacía su persona.

Carolina del Río Mena, teóloga y escritora chilena, en su libro ¿Quién soy yo para juzgar? Testimonios de homosexuales católicos, permite—a quienes se atreven a leerla—emprender un viaje a través de los relatos de vida de hombres y mujeres homosexuales, quienes se ven obligados a huir de una iglesia, en este caso católica, a la que aman pero que no los ama. Danae Videla Igor—uno de los testimonios que Del Río Mena presenta en su texto—por ejemplo, da voz al sentimiento de muchos homosexuales, pues reconoce que, conforme uno adquiere y dimensiona el discurso católico sobre la homosexualidad, se aleja de la iglesia, pierde la fe porque cuando se sale del closet, uno se siente juzgado por la propia religión en la que se ha depositado la fe. De hecho—en mi opinión—este es uno de los descubrimientos significativos que Del Río Mena hace en la compilación de sus entrevistas: los homosexuales en mayor grado se alejan no del amor de Dios o de la fe en Jesucristo, sino de la Iglesia (en tanto institución y comunidad), toda vez que es ésta la que juzga sus vidas. ¿Cómo puede una persona homosexual permanecer en una Iglesia que la condena, la llama inmoral y que vaticina para ella grandes calamidades y castigos, antes que misericordia y amor?

Otro hallazgo importante que se puede observar en la obra de Del Río Mena es la conexión directa que se establece entre la homosexualidad y la fe. Me explico, contrario a lo que puede suponerse, la espiritualidad es un área en la vida de las personas no heterosexuales que se vive con culpa, ¿Por qué? Porque les importa, en grados diferentes—es posible—sin embargo, no deja de ser un aspecto importante, toda vez que, la mayoría no sólo crecimos dentro de familias creyentes y/o practicantes de religiones judeocristianas, en la cual se nos educó, desde la culpa y el castigo, a ver nuestra identidad sexual como anómala, pecaminosa e indeseable por y para Dios; también es el judeocristianismo el que fundamenta—en mayor grado—la homofobia en las sociedades occidentales. Es decir, la homosexualidad es mal vista porque esta negativamente considera en las religiones cristianas (católicas, evangélicas, mormonas, etc.). Un heterosexual no se plantea este conflictivo binomio orientación sexual y religión, porque en ésta las prácticas eróticas-afectivas heterosexuales son aceptadas, reconocidas y deseadas, no así las homosexuales. El religión, mal entendida como fe, es el fundamento del odio hacia la homosexualidad.

¿Quién soy yo para juzgar? Nos acerca a estas vidas dolidas por el rechazo de una iglesia que asume el monopolio del amor de Dios; que mira la paja en el ojo ajeno, pero no ve la viga que está en el suyo. En 306 hojas Del Río Mena nos devela el complejo proceso que para los homosexuales católicos—en este caso—ha significado abandonar la Iglesia que los vio nacer. Algunos reconocen que su distanciamiento con el catolicismo se debe a una mezcla entre falta de fe y la desconfianza a una institución descreditada por los escándalos de índole sexual que le aquejan. Otros, asumen que su autoexclusión de la Iglesia católica se debe a la falta de amor que ésta profesa por el “prójimo” homosexual, por su inevitable omisión a la regla de oro: “Ama a prójimo como a ti mismo”.

Finalmente, las historias de vida contadas en este libro, nos llevan a desenterrar, del olvido o la evasión, nuestros propios conflictos con la fe, con Dios y con la Iglesia. ¿Cuántos nos hemos sentido agredidos espiritual y emocionalmente por la que se llama “Santa Madre Iglesia”?, ¿Hemos perdido la fe en Dios a causa de “su iglesia”? y ¿Quiénes hemos intentado negar lo que somos por miedo “al rechazo de Dios”? Posiblemente muchos, sin embargo, la pregunta que debemos reflexionar es la siguiente: ¿Vale la pena alejarnos de Dios, de la fe en él, por miedo a la religión? Dios no es religión. Dios es amor.

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

One thought on “Vivir con la culpa a cuestas

  1. Estas limitantes no solo influyen en detrimento de las personas con una orientación sexual diferente a la heterosexual, también influye en el autoconcepto de las personas que por uno u otro motivo deciden practicar un aborto. Llevando a considerarse a si mismas un gran horror y merecedoras de castigo.
    Una de las lineas que dejas me sonó mucho a aquello que yo siento me causa la iglesia, una pérdida de fe y distanciamiento de ella.
    Muchas gracias por tus reflexiones y promoción del conocimiento.

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