Zapata: especulaciones bisexuales del héroe revolucionario

El pasado 10 de abril en México se conmemoró el aniversario luctuoso de uno de los héroes de la Revolución Mexicana, el general Emiliano Zapata Salazar. Una figura destacada dentro de la historia de nuestro país, principalmente, por su lucha en favor de los campesinos y sus derechos agrarios. “Tierra y libertad” resuena en el imaginario colectivo mexicano como eco de su herencia ideológica.

Líder militar y comandante del Ejército Liberador del Sur, Zapata es, a decir de Izquierdo y Hartong[1] (2012), también un “(…) arquetipo del verdadero macho, hambriento de justicia, bigotón, viril, justiciero de la raza de bronce que hace temblar a las clases sociales altas”. Su imagen, con el pasar de los años, ha logrado sedimentar, en el imaginario de los hombres mexicanos heterosexuales, un modelo ideal masculino caracterizado por el machismo, la virilidad y la sexualidad heterosexual belicosa.

Mujeriegos, de numerosas proles y viriles, Zapata y Pancho Villa, establecieron un parámetro desde el cual los hombres mexicanos de la época revolucionaria se pensaron. No obstante, este referente sobrevivió en los años postrevolucionarios, e incluso, se manifiesta en nuestros días, en mayor o menor medida dentro de la cultura popular mexicana.

En este sentido, la masculinidad heterosexual que encarna la figura de Zapata parece ser la quintaesencia de su vida y obra. Así, no es posible concebir al personaje histórico, si detrás de él no se encuentra ese halo mítico de virilidad.

No obstante, autores como Armando Ayala Anguiano y Pedro Ángel Palou en sus respectivos textos: 1) Zapata y las grandes mentiras de la Revolución Mexicana, y 2) Zapata han dado eco a las especulaciones que cuestionan la absoluta heterosexualidad del caudillo del sur.

El rumor histórico, mencionado por los autores, sobre una posible relación homoerótica entre Zapata y el hacendado Ignacio de la Torre y Mier, se sostiene sobre tres premisas históricas: 1) la conocida homosexualidad o “costumbres extrañas” de Ignacio de la Torre y Mier; 2) la relación laboral de Zapata con el también yerno de Porfirio Díaz, y 3) las anécdotas narradas por Amada Díaz, esposa de Ignacio de la Torre e hija mayor del dictador. En su diario, ésta relata que su esposo y el futuro caudillo revolucionario se “revolcaban” en el establo.

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La biografía oficial, y descendencia, de Zapata niegan cualquier indicio de “verdad” respecto a una relación homoerótica y/o afectiva entre Zapata e Ignacio de la Torre y Mier. Se descalifican los textos de Amaya y Palou, apelando a su falta de rigor en la investigación histórica sobre la que se construyen ambos libros, las licencias narrativas, por ejemplo en la novela Zapata, y la carencia de pruebas certeras para realizar tales señalamientos, mismos que se contraponen con la “realidad” de la imagen de Zapata.

No obstante, el hecho histórico, y verídico, que supuso la relación laboral entre Zapata e Ignacio de la Torre y Mier, infiere el punto de partida de las especulaciones sobre una posible relación homoerótica. El primero contacto entre los personajes es situado, por los historiadores, en 1906 en la hacienda de San Carlos Borromeo. Ahí, según Elpidio Hernández (2010)[2], “Nachito”, como se le decía a De la Torre y Mier, “(…) quedó impresionado de aquella figura e inmediatamente pidió informes de aquel hombre callado, moreno y orgulloso.”

Posteriormente, de acuerdo con Jesús Calixto Robles, historiador y ex cronista municipal de Lerma, Emiliano Zapata trabajó como caballerango para Ignacio de la Torre y Mier en la hacienda San Nicolás. Sin embargo, según Hernández (2010), en 1907 la rebeldía de Zapata originó que fuera tomado en leva e integrado al ejército, y 1908 fue conducido al Noveno Regimiento de Caballería en Cuernavaca.

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No obstante, sería Ignacio de la Torre y Mier quien liberaría a Zapata del ejército. Alberto Círigo (2015)[3] afirma que:

(…) De la Torre se entrevistó con el gobernador de Morelos, Pablo Escandón, para solicitar el licenciamiento de un antiguo caballerango: Emiliano Zapata, reclutado por el 9º regimiento de caballería apostado en Cuernavaca. Como el mandatario se negara, el hacendado debió recurrir a su suegro, quien al cabo otorgó su permiso para que Zapata (…) abandonara el ejército.

Por su parte, Amada Díaz, narra este acontecimiento en su diario: “Nacho fue a ver a papá para pedirle la libertad de Emiliano, prometiendo que él vigilaría que Zapata ya no se metiera en política”. Así, el hacendado llevaría a su caballerango a la finca conocida como El Caballito, ubicada sobre la Plaza de la Reforma en la Ciudad de México. Bajo el mismo techo, la homosexualidad conocida de “Nacho”, originó, según relata Hernández (2010), los rumores de una posible relación erótica entre ambos personajes. Lo anterior, se convirtió en materia prima para cientos de conjeturas, por parte de los historiadores, para quienes aquel vínculo laboral derivó en una relación sexual, en donde Emiliano Zapata jugaría un papel bisexual, como lo comenta Armando Ayala Anguiano, en su texto Zapata y las grandes mentiras de la Revolución Mexicana.

El texto de Palou (2006) provee de una posible construcción de dicha relación en el marco de la convivencia entre estos dos hombres. Uno homosexual, que desea al caballerango apuesto y varonil; y otro heterosexual que pudo haber sucumbido a la seducción del primero, por deseo o necesidad. A continuación, se reproduce un fragmento de su obra, en el cual se narra una escena que involucra a los dos personajes, después de una jornada laboral:

Don Ignacio lo sigue [a Zapata]. Pasa el cerrojo […] Entonces el hombre lo abraza por detrás. [Zapata] siente la carne de don Ignacio sobre su espalda, el calor de su miembro detrás de su cuerpo, la fuerza de los brazos que lo maniatan. El aliento del hombre, su beso en el cuello. Ignacio de la Torre le tira el sombrero de un manotazo y acaricia su cabello. Emiliano logra zafarse del abrazo, lo voltea, le afloja el cinto y le baja los pantalones con rabia, enfurecido.

Hunde su miembro entre las nalgas del hombre. Estrella todo su cuerpo contra la carne blanca y peluda del hacendado. Arroja y arremete: su furia y su fuerza y toda la rabia en cada empellón hasta que se deja ir en un río que es también angustia y desesperación. Río de polvo y sangre, río de contrarios en unión. Quiere golpearlo, pero no puede, la rabia se convierte en ternura o en algo parecido. Es un sentimiento que no alcanza palabra para expresarse. El hombre lo besa. Emiliano, confundido, alcanza a abofetearlo, una, dos veces. De los labios del hombre escurre un líquido, brota un hilillo de sangre.

Grandísimo cabrón, le grita Emiliano[4]

Deseo, pasión y tensión sexual se hacen presenten en la obra de Palou, quién trata de mostrar al Zapata hombre, uno que pudo caer en la confusión, vivir la incertidumbre frente a otro que le es diferentes y, cabe la posibilidad, sentirse atraído por éste. Más que al héroe mítico, cuya lectura sirve para perpetuar un sistema simbólico patriarcal y machista sobre la imagen de Zapata, aquí se vierte esa posibilidad que se niega.

La relación entre Zapata e Ignacio de la Torre y Mier, en términos históricos validados, devino en un resentimiento del primero sobre el segundo, que lo llevó a convertir a éste último en su prisionero de guerra. Así, Ignacio de la Torre y Mier, antes rico y elegante, tuvo que soportar, según Alberto Círigo (2015), “(…) seguir a todas partes al rebelde y dedicarse a preparar alimentos (se dice que iba vestido como soldadera y sufría vejaciones por parte de los soldados de Zapata).” Esta especie de venganza, movido por un profundo rencor, señalan algunos historiadores como estadounidense John Womack, se debe a que tras las festividades del centenario de la Independencia de México, Zapata regresa a Morelos, malhumorado y lleno de resentimiento al darse cuenta que los caballos de De la Torre y Mier vivían mejor que los campesinos.

No obstante, otras conjeturas sostienen que es posible que Ignacio de la Torre y Mier intentó seducir al caudillo, lo hubiese humillado o, en nuestra opinión, la actitud de Zapata sea el castigo a Nacho por llevarlo a practicar relaciones sexuales no heterosexuales. Lo cierto es que tanto Ignacio de la Torre y Mier, así como Zapata, mueren llevándose consigo la verdad de lo ocurrido en la finca El Cabellito. Si existe alguna posibilidad de certeza en estas especulaciones, valdría preguntarse: ¿Resta mérito a Zapata, y su papel en la Revolución Mexicana, una posible relación homoerótica? La respuesta es sí, porque destruye uno de los mitos fundadores del universo simbólico de la masculinidad hegemónica mexicana.

[1] http://www.estudiosmasculinidades.buap.mx/num9/homoerotismo.html

[2] https://nuestrotiempotoluca.wordpress.com/2010/02/19/el-yerno-incomodo/

[3] http://contenido.com.mx/2015/07/los-tragicos-amores-de-la-hija-de-porfirio-diaz/Heroe

[4] Palou, 2006, p.39

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Carlos Díaz

Titulado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Carlos Díaz es un apasionado de la pluma con un estilo literario fresco y muy actual

3 thoughts on “Zapata: especulaciones bisexuales del héroe revolucionario

  1. Me gusta el texto y sin embargo mi respuesta a la última pregunta es contraria. Bajo la óptica de los distintos involucrados, la homofobia es evidente, ya sea por el despecho de la hija de Díaz, la del yerno que se casó por aparentar, y la del mismo Zapata que “castigó” con desprecio o con “trabajos forzados” a su ex patrón, sin embargo, no creo que ninguna de estas acciones reste al legado social e histórico de las acciones guerrilleras de Emiliano. Quizás me equivoco en mi simple observar, pero la respuesta afirmativa del blog la veo sumarse al texto de Ayala Anguiano, en el sentido de recoger las “grandes mentiras” de la Revolución, y ésta en particular se refiere a la orientación sexual de un personaje, más no cuestiona la parte de la lucha de clases, social, agraria e indígena que también movieron a Zapata.

  2. La respuesta a la última pregunta ser una bromaaaaaaa
    En absoluta resta mérito al legado del luchador, pero sí a la imagen del macho mexicano. Si duda, la primera es mucho más importante.

  3. A mi, la última pregunta me parece que es en sentido favorecedor para las diversidades sexuales, porque implica trasladar un tema institucional a la reconstrucción de identidades diversas de la masculinidad.
    La pregunta se ubica en un sentido discursivo de las posibilidades de reflexionar sobre un tema histórico, y no del estereotipo o prejuicio de “los machos mexicano no son homosexuales” cuando esta mas que comprobado que esto es un mito.

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